Traducción de cartas y menúes en Wise Language Solutions!

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Fake plastic food

Creo que se puede decir con bastante certeza que la cultura japonesa es altamente visual. Desde los ideogramas que utilizan para comunicarse por escrito, hasta el “visual kei”, una corriente musical más signada por el look de los integrantes de las bandas que por la música en sí (que va desde el punk rock hasta la balada), parece claro que en Japón hay mucho que pasa por los ojos.

Hace unos años tuve la suerte de viajar durante dos semanas por ese país. Desde que bajé del avión, lo que más me sorprendió fue justamente su sistema de escritura: los símbolos gráficos con los que representan ideas completas para mí no eran más que dibujitos, signos misteriosos salidos de algún grabado antiguo. Me pasé largo rato embobada (y aún no había salido del aeropuerto), sacándole fotos a carteles que no dirían más que “baños” y “salida”, pero que para mí eran enigmáticos y hermosos por partes iguales. Me parecía difícil entender que esos símbolos representaran conceptos iguales a los nuestros, usando un medio tan diferente a la simple yuxtaposición de letras y palabras a la que estoy acostumbrada.

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De alguna forma es siempre el lenguaje lo que se interpone (o más bien lo que enriquece) la estancia en un país extranjero. Actividades tan simples como trasladarse o alimentarse pasan a primer plano cada vez que nos enfrentamos a un mapa de metro o al menú de un restaurant, en una especie de prueba de supervivencia a la que uno, con ganas, elige someterse. Es así que se generan interacciones de todo tipo: ancianos de boina pretenden ayudar, sin mucho éxito, a descifrar mapas, mientras chicas de impecable vestimenta y varios idiomas terminan contándote detalles acerca de su vida, a la vez que te muestran cómo es que se abre ese celofán transparente si queremos revelar un perfecto triángulo de sushi, en lugar de un enchastre de arroz y atún rojo.

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Es justamente a la hora del almuerzo o la cena que uno se da cuenta que algo tan básico como la alimentación no es tan fácil como podría serlo, digamos, en algún país europeo. Pero por suerte es ahí donde la desarrollada cultura visual del japonés entra en juego y damos gracias por tanta profusión de manga y anime.

Dejando de lado la ida al supermercado, donde uno no necesita mucha explicación para distinguir una banana de un pescado (pero donde sí tuve oportunidad de encontrarme con productos cuyo origen, nombre y descripción nunca llegaré a conocer), me sorprendió ver que a la entrada de los restaurantes había mesas o vitrinas con los platos que se ofrecían al interior del local. En un principio pensé que era curioso cómo debían preparar estos platos a lo sumo cada dos o tres días, para evitar que se pongan feos.

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Pasaron varios días antes de que me diera cuenta (porque pudo más la tentación y me animé, tímidamente, a tocar un arbolito de brócoli con el dedo), que eran de un perfecto, frío e inerte plástico. Brillante o mate según fuera el alimento que estuvieran imitando. Tiempo después me enteré que hay toda una industria del alimento de plástico en Japón, o sampuru: los restaurantes mandan una muestra de sus platos a la fábrica, donde se realizan moldes de silicona a los que luego se vierte el plástico líquido. La fórmula se completa con pinturas que imitan exactamente los colores originales, y cortes específicos para darle realismo a las piezas.

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Parada junto a la moza a la entrada del restaurante, ante la mesa llena de platos con carteles con símbolos que no podía entender, señalé con el dedo al plato con el arroz y los camarones, y eso fue exactamente lo que llegó a mi mesa. Se me dibujó una sonrisa al pensar que en esa sociedad de imágenes, las traducciones no son indispensables.

Algunos ejemplos del visual kei:
http://www.youtube.com/watch?v=CgDdpATtGlM&list=PL678BEF1A666CB4FF
http://www.youtube.com/watch?v=6xjk2gKCUCo&list=PLC2BA83AED9109B30

Y sólo 3 de las miles de fotos que no pude dejar de sacar:

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Un tributo a Oscar Niemeyer, por Norman Foster

Traducción de Wise LS del artículo original en Designboom.

Me entristeció profundamente enterarme de la muerte de Oscar Niemeyer. Él fue una inspiración para mí, y para toda una generación de arquitectos. Son pocas las personas que llegan a conocer a sus héroes, y estoy agradecido por haber tenido la oportunidad de compartir algún tiempo con él en Río el año pasado.

Para los arquitectos educados bajo la corriente dominante del Movimiento Moderno, supo poner patas para arriba el conocimiento aceptado. Al invertir el conocido aforismo “la forma sigue a la función”, Niemeyer demostró que ‘cuando una forma genera belleza se vuelve funcional, y por lo tanto crucial para la arquitectura’.

Se dice que cuando el astronauta ruso Yuri Gagarin visitó Brasilia, le pareció haber desembarcado en un planeta diferente. Muchas de las personas que han visto la ciudad de Niemeyer por primera vez deben haber sentido lo mismo. Era arriesgada, escultórica, colorida y libre, y no se parecía a ninguna cosa que hubiese existido antes. Pocos arquitectos de la historia reciente han sido capaces de reunir dentro del mismo lenguaje tectónico, a la vez increíblemente seductor y comunicativo, un vocabulario y una estructura tan vibrantes.

Uno no puede contemplar, por ejemplo, la catedral con forma de corona de la ciudad de Brasilia, y no emocionarse tanto por su dinamismo formal como por su economía estructural. Estos dos aspectos se combinan para engendrar un sentido de aparente ingravidez desde el interior, a medida que la piel parece disolverse hasta transformarse en vidrio.

Y qué arquitecto puede resistir intentar descifrar cómo son capaces de tocar el suelo tan suavemente las columnas de hormigón cónicas, casi óseas, del Palacio de la Alvorada. Brasilia no sólo está diseñada de manera simple, sino que sigue una coreografía: cada una de sus piezas, fluidamente compuestas, parece erguirse en su lugar como una bailarina, congelada en un momento de equilibrio absoluto. Pero lo que más disfruto de su trabajo es que aún los edificios individuales ponderan el paseo público, la dimensión pública.

Como estudiante a principios de los años 60, yo buscaba estimulación en el trabajo de Niemeyer, sumergiéndome en los dibujos de cada nuevo proyecto. Cincuenta años después, su trabajo todavía es capaz de dejarnos atónitos. Su Museo de Arte Contemporáneo en Niteroi es ejemplar en este sentido. Construido en un promontorio rocoso como si fuera una especie de planta exótica, rompe con todo paradigma al yuxtaponer el arte con una vista panorámica de la bahía de Río. Es como si en su mente hubiese tomado la caja convencional de una galería y la hubiese destrozado en las rocas que están más abajo, y nos desafiara a mirar la naturaleza y el arte como iguales. Yo he caminado por las rampas del museo. Son casi como una danza en el espacio, que nos invita a mirar el edificio desde muchos puntos de vista diferentes antes de poder ingresar. Para mí fue absolutamente mágico.

Durante nuestra reunión el año pasado, hablamos largo rato acerca de su trabajo. Y también me dio algunas valiosas lecciones para el mío. Parece absurdo describir a un señor de 104 años como juvenil, pero su energía y su creatividad fueron una inspiración. 

Me emocionó su calidez y su gran pasión por la vida y el descubrimiento científico: él quería aprender acerca del cosmos y del mundo en que vivimos. En sus propias palabras: “¡estamos a bordo de una nave fantástica!”

Me dijo que la arquitectura es importante, pero que la vida lo es más. Y sin embargo, al final, su arquitectura es su mayor legado. Al igual que el hombre, posee una eterna juventud; nos deja una fuente de deleite y de inspiración para muchas generaciones que vendrán.

 

Norman Foster
Diciembre 2012

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language matters

This is our very first blog post. For us, it’s a celebration. We are resuming our usual business under a new name, Wise Language Solutions. Our lives won’t change drastically, we will still be working hours on end in front of the computer, dissecting sentences in one language and putting them back together in another. But we will be doing it under a new banner. One that sums up how we feel towards language. Merriam-Webster defines wise (adjective) as follows:

²wise adj

1. a: characterized by wisdom : marked by deep understanding, keen discernment, and a capacity for sound judgment

b: exercising or showing sound judgment : prudent <a wise investor>

2.  a : evidencing or hinting at the possession of inside information : knowing

b : possessing inside information <the police got wise to his whereabouts>

c : crafty, shrewd

d : aware of or informed about a particular matter —usually used in the                                   comparative in negative constructions with ‘the’ <was none the wiser about their plans>

3. archaic : skilled in magic or divination

We are all pretty much familiar with the first two meanings of the word, and it is precisely that to what we are constantly aspiring for as language professionals. Wisdom is what we seek: wisdom to understand the hidden nuances of words, the subtle undercurrents that lie beneath seemingly clear surfaces. Linguists resemble deep sea fishermen in that we often have to find what is lurking behind oceans of meaning. And in that, meaning number 3 becomes a tangible notion, even if archaic. To be wise is to be skilled in magic and sometimes, the miracle of writing feels a little like magic. At least we like to think so…

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